¿Tiene el Matcha Metales Pesados? La Verdad con Datos

26 de julio de 2026 Alejandro Paadin

Sí. Como cualquier alimento vegetal. Y no, no es el problema que te están contando.

En los últimos meses han proliferado publicaciones que afirman que “el 100% del matcha contiene metales pesados”. Se citan análisis de laboratorio, cifras en ppb y se acompaña todo de un tono alarmista que sugiere riesgo inmediato.

El mensaje funciona, como en los buenos bulos, porque mezcla medias verdades. Y ahí está el problema.

La verdad: el matcha contiene trazas

Sí, el matcha, como cualquier producto agrícola, puede contener trazas de metales pesados.

La planta del té, Camellia sinensis, absorbe del suelo minerales, incluidos algunos no deseados, pero esto no es exclusivo del matcha ya que también ocurre en la mayoría de los alimentos cotidianos como el arroz, el cacao, las espinacas, muchos pescados e incluso el agua. Decir que el matcha contiene metales pesados no es una alerta, es una descripción básica de cómo funciona la agricultura.

La omisión: nadie habla de la dosis real

Aquí es donde el discurso se rompe. Los análisis más virales hablan en ppb (partes por billón), que es una medida de concentración en el producto seco. Pero el consumidor no ingiere “ppb”, sino gramos. Y en matcha, esos gramos son muy pocos. Una taza estándar contiene aproximadamente 2 gramos de matcha.

Si tomamos uno de los casos más altos que circulan en estos análisis (Plomo: 153 ppb; Cadmio: 79 ppb; Arsénico: 22 ppb; Mercurio: 6 ppb), la ingesta real sería de 0,306 microgramos de plomo, 0,158 microgramos de Cadmio, 0,044 microgramos de Arsénico y 0,012 microgramos de Mercurio.

Pero para entender si es mucho o es poco, comparémoslo con otros alimentos cotidianos. Si tomamos esas cifras y las comparamos con alimentos habituales, la perspectiva cambia de forma bastante contundente.

Una ración normal de chocolate negro (en torno a 20–30 gramos), especialmente en porcentajes altos de cacao, puede aportar fácilmente entre 0,3 y 0,6 microgramos de cadmio, dependiendo del origen del cacao. Es decir, una simple onza de chocolate puede duplicar o incluso cuadruplicar el cadmio de una taza de matcha como la del ejemplo.

Con el arroz ocurre algo aún más claro. Una ración estándar de arroz cocido (unos 100–150 gramos) puede contener entre 2 y 5 microgramos de arsénico total. Frente a eso, los 0,044 microgramos del matcha quedan en una escala completamente distinta: estamos hablando de decenas de veces menos, en algunos casos más de cien veces menos.

El pescado introduce otra dimensión. En especies como el atún, no es extraño encontrar valores que impliquen ingestas de 10 a 30 microgramos de mercurio en una ración normal de 100 gramos. Comparado con los 0,012 microgramos del matcha, la diferencia no es de dos o tres veces, sino de órdenes de magnitud.

Incluso en algo tan cotidiano como el agua potable puede haber trazas de plomo. En instalaciones antiguas o con determinadas condiciones, beber uno o dos litros de agua puede situarte en un rango de exposición que iguala o supera el del matcha, sin que eso genere alarma porque se entiende dentro de un marco regulado. O, si buscamos un ejemplo más llamativo, basta con observar algo tan habitual como una ensalada. Las verduras de hoja, por su contacto directo con el suelo y el ambiente, pueden contener trazas de plomo en niveles moderados. Sin embargo, se consumen en cantidades mucho mayores que el matcha. Una ración normal de hojas verdes puede aportar varias veces más plomo total que una taza de matcha, sin que eso genere preocupación, porque se entiende dentro de una dieta equilibrada. De nuevo, la clave no está en la presencia, sino en la cantidad real ingerida.

Y si volvemos a los vegetales, ciertas hojas verdes como espinacas o acelgas pueden aportar cantidades de cadmio del mismo orden, o superiores, a las del matcha en una sola ración generosa. De nuevo, no porque sean problemáticas, sino porque forman parte de la variabilidad natural de los alimentos. 

Cantidades, peso corporal y lo que realmente dicen los organismos internacionales

Cuando se habla de metales pesados en alimentos, hay una tendencia muy habitual a quedarse en el dato aislado: una cifra en ppb, una lista de marcas, una conclusión implícita. Sin embargo, ese enfoque está muy lejos de cómo trabajan realmente los organismos que evalúan el riesgo alimentario.

Tanto la OMS como la EFSA no analizan los alimentos en términos absolutos, sino que trabajan con un criterio mucho más preciso y, al mismo tiempo, más exigente: la relación entre la cantidad ingerida y el peso corporal del individuo. En otras palabras, lo relevante no es cuánto metal contiene un producto en abstracto, sino cuántos microgramos acaba ingiriendo una persona por kilo de peso y en qué periodo de tiempo.

Este matiz, que rara vez aparece en los discursos alarmistas, es el que realmente permite interpretar los datos con sentido. Si tomamos uno de los escenarios más altos que se han difundido teniendo en cuenta la medida de dos gramos de matcha para una taza, la ingesta diaria se sitúa en torno a unas décimas de microgramo para cada uno de los metales analizados. La cifra, por sí sola, dice poco. Pero al ponerla en relación con el peso corporal, la lectura cambia.

En el caso de una mujer de 50 kilos, esa ingesta se traduce en valores del orden de milésimas de microgramo por kilo de peso corporal y día. Y es en ese punto donde entra el marco de referencia de organismos como la EFSA, que establece niveles a partir de los cuales empieza a considerarse relevante la exposición.

Cuando se comparan ambas magnitudes, lo que se observa es que la contribución del matcha en una dosis normal de consumo se sitúa en un rango muy bajo, habitualmente en torno a un pequeño porcentaje de los niveles de referencia. No es una exposición nula ya que ningún alimento natural lo es (ni café, ni legumbres, ni verduras, ni cereales…), pero sí claramente alejada de cualquier escenario que pueda considerarse problemático en sí mismo.

Este tipo de evaluación introduce además otra idea fundamental que a menudo se pierde en el discurso público: los metales pesados no se valoran alimento por alimento, sino en el contexto de la exposición total. Es decir, lo que realmente importa es la suma de todas las fuentes a lo largo del tiempo: la dieta completa, el agua, el entorno, incluso factores ambientales.

Por eso, aislar un único producto y analizarlo fuera de ese contexto conduce casi inevitablemente a una interpretación distorsionada. No porque los datos sean incorrectos, sino porque están incompletos. Cuando se incorpora la variable del peso corporal y se comparan las cantidades con los niveles de referencia utilizados por los organismos internacionales, la percepción cambia de forma bastante clara. Una taza de matcha, incluso en escenarios conservadores, representa una fracción absurdamente pequeña dentro del conjunto de la exposición diaria.

Y ahí es donde se entiende realmente la diferencia entre presencia y riesgo. Porque detectar un compuesto no equivale a que ese compuesto tenga relevancia desde el punto de vista toxicológico. Para que la tenga, es necesario que exista una cantidad suficiente, mantenida en el tiempo y en relación con el organismo que la recibe.

Cómo gestiona el organismo los metales pesados: un proceso continuo y silencioso

Cuando se habla de metales pesados en la alimentación, es habitual imaginar el cuerpo como un sistema pasivo que simplemente acumula lo que recibe. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja y, en cierto sentido, más sofisticada.

El organismo humano no está diseñado para “descomponer” metales pesados en el sentido químico, porque no son compuestos orgánicos que puedan degradarse. Pero sí ha desarrollado, a lo largo de millones de años de exposición ambiental, una serie de mecanismos que permiten limitar su absorción, reducir su reactividad y facilitar su eliminación cuando se encuentran en pequeñas cantidades.

Este proceso no depende de un único órgano ni de una única función, sino de una cadena de etapas que actúan de forma coordinada.

1. La absorción: la primera barrera real

Todo empieza en el intestino. Y aquí ocurre algo fundamental que a menudo se pasa por alto: no todo lo que ingerimos se absorbe. En el caso de los metales pesados, la fracción que pasa al torrente sanguíneo suele ser limitada y variable. Depende de factores como la forma química del metal, el estado nutricional de la persona o la composición de la dieta en ese momento.

Por ejemplo, la presencia adecuada de minerales como hierro, calcio o zinc puede competir por los mismos mecanismos de absorción y reducir la entrada de metales como el plomo o el cadmio. Esto significa que una dieta equilibrada no solo aporta nutrientes, sino que también actúa como un modulador indirecto de la exposición.

Lo que no se absorbe sigue su curso y se elimina, principalmente, por vía fecal. Es decir, una parte significativa de lo ingerido nunca llega a interactuar realmente con el organismo.

2. La unión a proteínas: reducir la reactividad

Una vez que una pequeña fracción de estos metales entra en el organismo, el siguiente paso no es su “circulación libre”, sino su control. El cuerpo dispone de proteínas especializadas, como las metalotioneínas, cuya función es unirse a metales y limitar su actividad biológica. Este mecanismo es esencial, porque muchos metales son potencialmente reactivos en estado libre. Al unirse a estas proteínas disminuye su capacidad de interactuar con estructuras celulares sensibles, se reduce su potencial de daño y se facilita su posterior transporte y eliminación.

Es, en esencia, un sistema de neutralización parcial que evita que pequeñas cantidades tengan un impacto desproporcionado.

3. El hígado: coordinación y transformación

El hígado actúa como un centro de gestión. Aunque no “metaboliza” los metales en el sentido clásico, sí desempeña un papel clave en su manejo ya que participa en su redistribución dentro del organismo, en su incorporación a complejos más estables y, sobre todo, en su preparación para la excreción.

A través de la bilis, muchos de estos compuestos pueden ser conducidos de nuevo al intestino para su eliminación. Este circuito hígado–intestino es una de las vías más importantes para evitar la acumulación progresiva.

4. La excreción: mantener el equilibrio

El organismo no solo limita y neutraliza, también elimina. Las principales vías de excreción de metales pesados son las heces, a través de la secreción biliar, y la orina, mediante la filtración renal. En menor medida, también pueden eliminarse por el sudor, el cabello o las uñas, aunque estas vías tienen un papel secundario.

Lo importante es entender que este proceso es continuo. Existe un equilibrio dinámico entre lo que entra y lo que sale. Mientras la exposición se mantenga en niveles bajos, el sistema funciona de forma eficiente, evitando acumulaciones significativas.

5. El factor determinante: la dosis en el tiempo

Todos estos mecanismos tienen una capacidad limitada, pero suficiente para gestionar exposiciones habituales en el entorno. El problema no es la presencia puntual ni las pequeñas cantidades, sino la exposición elevada y sostenida en el tiempo. Como criterio práctico, un alimento empezaría a ser relevante dentro de la dieta si por sí solo aportase de forma habitual más del 20% de la referencia toxicológica diaria para un metal pesado. En el caso de una taza de matcha de 2 gramos, incluso usando valores altos, la contribución se sitúa aproximadamente entre el 0,1% y el 1,5%. Es decir, está muy lejos de ese umbral de relevancia dietética.

Por eso los organismos internacionales no hablan de alimentos “seguros” o “peligrosos” en términos absolutos, sino de ingestas tolerables ajustadas al peso corporal y al periodo de exposición.

Aplicado al consumo de matcha

Cuando este marco fisiológico se aplica al caso del matcha, la interpretación cambia de forma clara. Una ración habitual en torno a 1–2 gramos, introduce cantidades muy pequeñas de estos compuestos. A partir de ahí:

  • una parte no se absorbe

  • otra se une a proteínas y se neutraliza parcialmente

  • y una fracción se elimina de forma progresiva

Esto no implica que la presencia sea irrelevante, sino que se sitúa dentro de la capacidad normal del organismo para gestionar trazas ambientales.

Conclusión

Una taza de matcha (2 g), incluso en los escenarios más altos que circulan, aporta entre un 0,1% y un 1,5% de los niveles de referencia toxicológicos internacionales. Es decir, una contribución marginal dentro de la dieta, donde sus beneficios compensan por mucho. Traducido a términos reales, es una contribución marginal dentro de la dieta. Mientras tanto, una comida completamente habitual —un plato de arroz con pescado a la plancha, acompañado de una ensalada de lechuga y dos onzas de chocolate— puede aportar decenas e incluso más de cien veces más metales pesados en conjunto que esa taza de matcha, sin que eso genere ninguna alarma porque se entiende dentro de un contexto nutricional normal.

Y ahí es donde se desmorona el discurso alarmista. No porque los datos sean falsos, sino porque están incompletos. Medir sin contextualizar, sin traducir a dosis real y sin comparar con la dieta cotidiana no es informar, es distorsionar. Cuando se hace el análisis completo, la conclusión es inevitable: el matcha no es una fuente relevante de exposición a metales pesados, y convertirlo en un problema responde más a una narrativa que a una realidad.

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